Y todo eso me lo decía mirando al suelo, con la cabeza apoyada en sus rodillas... y llorando.

Y ella, triste y resignada, me dijo: "Descalza me encuentro, sin un porvernir que me diga que siga hacia adelante. Sin un suspiro cercano que me aliente a vivir de esa manera que sólo contigo conseguiría. Quiero vivir, contigo, y no quiero vivir, con él. Sin un atisbo de duda que me haga luchar por lo que realmente deseo y no por lo realmente poseo. Sin una vida elegida más allá de las murallas que yo misma construí alrededor. Sin un lucero del alba, que me despierte y me diga cantando al oido que es hora de comenzar a vivir el nuevo día porque hay que aprovechar cada hora que estamos vivos el uno con el otro". Y todo eso me lo decía mirando al suelo, con la cabeza apoyada en sus rodillas... y llorando.