Me miró a los ojos y me dijo "Siéntate conmigo. Hazme volar y suspirar. Ícaro, - me susurró - nadie puede encontrarnos aquí". Pero claro que podían. En mitad de un bosque, lleno de perversas criaturas. De elfos malignos dispuestos a arrebatarnos todos los buenos gestos que pudiéramos tener. Criaturas desobedientes y enviadas por dioses envidiosos. Nada que decir, nada que entender. Era como recordar algo sobre amores pasados y nunca devueltos, de no haber sido olvidado por Eros o el Destino. Todo esto divagaba cuando miró a la Luna y me dijo... ya sé dónde jamás nadie podrá molestarnos. Y subimos a ella. Sé que todo fue un reflejo en el rio... pero quién sabe, quizás pueda ser algo más en un futuro.